Es evidente que cada uno de nosotros tenemos diferentes maneras de enfrentarnos
a una tarea de aprendizaje. Por ejemplo, algunas personas, cuando deben resolver
un problema, suelen dedicar tiempo a reunir datos y a pensar detenidamente
en las posibilidades de resolución. Por el contrario, otras suelen actuar
con rapidez en la solución del problema. Hay personas que prefieren
aprender un nuevo contenido poniéndolo en relación con otras
ideas o integrándolo en teorías más amplias. Funcionan
de un modo más escalonado y lógico. Sin embargo, otras prefieren
aproximarse al aprendizaje considerando la aplicación práctica
de esas ideas. Funcionan de un modo más práctico.
Así, podemos definir los estilos de aprendizaje como los rasgos cognitivos (y afectivos y fisiológicos) que sirven como indicadores relativamente estables, de cómo las personas perciben, interaccionan y responden a sus ambientes de aprendizaje.
Digamos que los estilos de aprendizaje son una manera de categorizar cómo cada uno de nosotros solemos enfocar la tarea de aprender. Por tanto, no hay rasgos mejores que otros, ni un estilo mejor que otro. Son modos distintos de aprender. En mayor o menor medida, utilizamos todos ellos, aunque alguno predomine sobre los otros.
Las investigaciones en este campo han dirigido la atención sobre varios estilos cognitivos
(dependencia-independencia de campo, impulsividad- reflexividad), pero las posibilidades teóricas y prácticas a nuestro alcance nos han llevado a centrarnos en la propuesta de Honey y Alonso y su cuestionario CHAEA (acrónimo de Cuestionario Honey-Alonso de Estilos de Aprendizaje).
Estos autores definen cuatro estilos de aprendizaje: Activo, Reflexivo, Teórico
y Pragmático. Estos estilos reflejan también los diferentes momentos
por los que pasa una tarea de auténtico aprendizaje, siempre según
su punto de vista teórico. (“Los estilos de aprendizaje” Alonso,
Catalina M.; Gallego, Domingo J.; Peter Honey. Ediciones Mensajero, S.A. 1995.
ISBN: 84-271-1914-3 )
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